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10 abr 2024
6 oct 2009
Cuanto duele fingir que no estoy triste...
28 sept 2009
20 sept 2009
Soledades
Ellos tienen razón:
esa felicidad,
al menos con mayúscula, no existe.
¡Ah! pero si existiera con minúscula
sería semejante a nuestra breve pre soledad.
Después de la alegría viene la soledad, después de la plenitud viene la soledad, después del amor viene la soledad.
Ya sé que es una pobre deformación
pero lo cierto es que, en ese durable minuto,
uno se siente solo en el mundo:
sin asideros, sin pretextos, sin abrazos, sin rencores, sin las cosas que unen o separan.
Y en esa sola manera de estar solo
ni siquiera uno se apiada de uno mismo.
Los datos objetivos son como sigue:
hay diez centímetros de silencio entre tus manos y mis manos,
una frontera de palabras no dichas entre tus labios y mis labios
y algo que brilla así de triste entre tus ojos y mis ojos.
Claro que la soledad no viene sola.
Si se mira por sobre el hombro mustio
de nuestras soledades,
se verá un largo y compacto imposible,
un sencillo respeto por terceros o cuartos.
¡Ese percance de ser buena gente!
Después de la alegría,
después de la plenitud,
después del amor viene la soledad.
Conforme, pero
¿qué vendrá después
de la soledad?
A veces no me siento tan solo
si imagino…
Mejor dicho, si sé
que más allá de mi soledad y de la tuya
otra vez estás vos
aunque sea preguntándote a solas
qué vendrá después de la soledad.
Texto de Mario Benedetti
Fotografía: Soledad Flaubert
28 feb 2009
El tiempo pasa...
Letra y música: Víctor Heredia
Nos vamos poniendo viejos,
no hay remedio a esta verdad.
Cada vez nos cuesta menos
aceptar la soledad.
Nos vamos poniendo viejos
sin saber cómo es volar.
Sin probar un poco de libertad
sin saber cómo es la felicidad.
Nos vamos poniendo viejos
sin vivir en realidad.
Nos vamos poniendo viejos
y esto no es envejecer,
si yo nunca fui un retoño
no se bien lo que es crecer.
Nos vamos poniendo viejos
desde antes de nacer.
Sin probar un poco de libertad,
sin saber cómo es la felicidad.
Nos vamos poniendo viejos
sin vivir en realidad.
Nos vamos poniendo viejos
mi querido corazón,
cada día trae consigo
una nueva decepción.
Nos vamos poniendo viejos
sin vivir en realidad.
Mercedes Sosa y Pablo Milanés
8 nov 2007
La vida secreta de las palabras

¡En el fondo hay tan pocas cosas!
Millones y millones de litros agua, rocas y gas...
Afecto, sangre, cien minutos, mil años, cenizas, luz...
Millones y millones de litros agua, rocas y gas...
Afecto, sangre, cien minutos, mil años, cenizas, luz...
Ahora, ahora mismo, hace un rato...
Así empieza La Vida secreta de las palabras (Isabel Coixet, 2005). Película que se desarrolla en el oscuro escenario de una plataforma petrolífera, en medio del mar del Norte.
Por una parte se mastican aislamiento, soledad, silencio; por otra, se transmiten mensajes cargados de un contenido sorprendentemente alentador. ¡Las cosas de Coixet!
La vida secreta de las palabras[1] , además de articularse en torno a una protagonista que busca sentido a su vida, plantea cómo conocer la vida secreta de uno mismo y cómo expresarla en voz alta aunque sea sirviéndose de una tercera persona, ante la imposibilidad de hacerlo como uno mismo, en primera persona.
La protagonista, Hanna, es una mujer introvertida de quien, en principio, no se conoce nada de su vida; cumplidora, eficiente, nunca falta al trabajo ni se toma vacaciones. En un momento, debido a la presión de los compañeros ante la dirección de la empresa, tiene que tomarse un descanso y, por esto, se desplaza SOLA a una ciudad marítima, la primera que se le ocurre. Durante su primera cena en el hotel, escucha casualmente una conversación telefónica en la que alguien parece necesitar una enfermera; ella se brinda dado que tiene estudios de enfermería.
La vida secreta de las palabras[1] , además de articularse en torno a una protagonista que busca sentido a su vida, plantea cómo conocer la vida secreta de uno mismo y cómo expresarla en voz alta aunque sea sirviéndose de una tercera persona, ante la imposibilidad de hacerlo como uno mismo, en primera persona.
La protagonista, Hanna, es una mujer introvertida de quien, en principio, no se conoce nada de su vida; cumplidora, eficiente, nunca falta al trabajo ni se toma vacaciones. En un momento, debido a la presión de los compañeros ante la dirección de la empresa, tiene que tomarse un descanso y, por esto, se desplaza SOLA a una ciudad marítima, la primera que se le ocurre. Durante su primera cena en el hotel, escucha casualmente una conversación telefónica en la que alguien parece necesitar una enfermera; ella se brinda dado que tiene estudios de enfermería.
El trabajo es en una plataforma petrolífera en medio del Mar del Norte. Allí se encuentra Josef, un hombre que ha sufrido un accidente al tratar de ayudar a un compañero y que permanece postrado en la cama con terribles quemaduras. El trabajo de Hanna será cuidarle hasta que puedan trasladarlo a un hospital. Mientras ella parece una persona tímida y poco amiga de las palabras, hermética y misteriosa; Josef (Tim Robbins) ironiza continuamente y suple su falta de visión, perdida a como consecuencia del accidente, con un extraordinario sentido del humor, esperanza y locuacidad.
Si dramática es la historia del accidentado no menos dramática es la de Hanna, una enfermera que ha sido violada y torturada por soldados de su propio país durante la desmembración de la antigua Yugoslavia.
Isabel Coixet le hace un hueco en su película a Julie Christie[2] para que interprete a la terapeuta que ayuda trató a Hanna después de la violación. Intenta hacer un homenaje al trabajo silencioso del Consejo Internacional de Rehabilitación para las Víctimas de la Tortura, el IRCT (International Rehabilitation Council For Torture Victims).
Y es que La vida secreta de las palabras es también un excelente instrumento de denuncia
Vi esta película hace tiempo, cuando se estrenó; después he vuelto a verla varias veces más.
Si la habéis visto, contadme; si os la habéis perdido, os la recomiendo.
Si la habéis visto, contadme; si os la habéis perdido, os la recomiendo.
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