De pronto, todo quedó en el más absoluto silencio. No había nadie, sólo estaba yo y lo que de mí quedaba. No obstante, alguien persistía en mantener la vigencia de su presencia en aquel barroco recinto y pude verle de soslayo, salpicado por manchas de oscuridad.

Desde allí –donde estuviese- no se veía nada. Después supe que quienes pasaban cerca de aquel agujero y casi por mi lado, sí veían y podían observar qué ocurría dentro sin que me diese cuenta.
Recuerdo que lo único que podía hacer era mover un poco los brazos y, a cada intento, chocaban con algo que tardé tiempo en denominar. No eran paredes, sino muros. Hasta entonces no pude imaginar dónde me encontraba.

Llegué a ser como un bulto sin movimiento. Mi cabeza parecía que iba por un sitio y mi cuerpo lo hacía por otro lado como si ambos fuesen piezas inconexas, el agotamiento era extremo.
Un día descubrí qué era aquello y pude, al fin, ponerle nombre al sitio donde me encontraba. ¡Era un ZULO! Y se comunicaba con otros por túneles y pasadizos que parecían interminables o sin salida; había otros zulos, unos estaban dentro de los otros y todos formaban una especie de espiral laberíntica que nunca se acababa.
Lo malo fue cuando reconocí que en un zulo no se entra por voluntad propia, que te meten... En el zulo, la persona se siente presa y lo está, encadenada, sin movimiento y entumecida; en el zulo, además la persona está encadenada, sin libertan de movimiento ni de acción, atrapada. Lo peor es que esto repercute en otras facetas de la vida...
Así, el apresado queda al margen de la vida, vegeta, se aleja de la sociedad (amigos, familia, etc.), abandona proyectos y se convierte en un zombi. Hay quienes optan por acomodar su zulo y vivir el él lo mejor posible; otros queremos salir de allí porque preferimos una habitación con derecho a cocina, pero elegida libremente.
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